CIDOB REPORT ¿Politización o polarización?

La polarización del discurso sobre el género: de las brechas reales a la involución de derechos

Mientras las mujeres se multiplican como fuerza de movilización a lo largo y ancho de la Unión Europea, la derecha populista ha convertido el feminismo en una de las obsesiones de su contrarrevolución conservadora

Ewa Widlak

Consultora en diversidad de género y comunicación

El género es hoy, más que nunca, terreno de lucha ideológica. En comparación con las elecciones precedentes al Parlamento Europeo, en 2019 el debate de género ha entrado de lleno en la agenda política y la discusión pública. Una preeminencia que se explica, especialmente, por tres factores. En primer lugar, la cuarta ola feminista, surgida en 2012, consiguió suscitar el interés mediático por temas como la justicia social y económica, el acoso sexual, la violencia de género y la interseccionalidad. Con la irrupción de las redes sociales, nació una conciencia feminista colectiva que, atravesando las fronteras nacionales, adquirió dimensión política.

En segundo lugar, la crisis aumentó las desigualdades económicas entre hombres y mujeres en la Unión Europea. Los recortes en el sector público y la desregulación del mercado de trabajo tuvieron un impacto negativo en el empleo femenino y marcaron un punto de involución en el desarrollo de las políticas de igualdad de género que se habían impulsado hasta entonces, tanto desde las instituciones europeas como desde algunos estados miembros.

La protesta salió a las calles de Europa con los movimientos populares, como «Stop al acoso», «Ni una menos» o «Protestas negras».

Finalmente, el voto populista en Europa se ha triplicado en los últimos veinte años, pasando del 7% en 1998, al 25% en 2018. Partiendo de una percepción antagónica del pueblo y de las élites, el populismo conservador centra su discurso no solo en la denuncia de las desigualdades económicas sino que también propugna un retroceso cultural, al tiempo que rechaza el concepto de progreso social asociado al ámbito de la igualdad de género (Speed & Mannion, 2017) .

En este contexto, el empoderamiento económico de las mujeres a través de la reducción de la brecha salarial, el incremento de la participación femenina en el mercado laboral y la promoción del liderazgo de la mujer en los puestos de relevancia entraron de pleno tanto en la agenda del Parlamento Europeo, como en la de diferentes estados miembros durante los últimos años. Se multiplicaron informes, tanto públicos como privados, apoyados en datos cuantitativos sobre la existencia de esta brecha y su impacto en la economía, y el debate ganó visibilidad. A su vez, varios países europeos como Francia, Letonia y Dinamarca optaron por unas extensas reformas y, según el reciente informe del Banco Mundial, llegaron a una situación de igualdad de género en el mercado laboral.

Pero, si el camino hacia la superación de la brecha salarial es lento, hay otras discriminaciones ejercidas sobre la mujer que se han convertido en objeto de la retórica ideológica de esta ola populista que crece en Europa.

El debate sobre la violencia ejercida hacia el cuerpo de la mujer, bien sea bajo forma de acoso sexual, de violencia de género o de limitación del derecho al aborto se ha politizado y polarizado. La protesta salió a las calles de Europa con los movimientos populares, como «Stop al acoso», «Ni una menos» o «Protestas negras», que consiguieron crear una narrativa propia y han tenido impacto incluso en la política de diversos gobiernos. En Polonia, las olas de protestas de miles de mujeres vestidas de negro consiguieron que el ejecutivo conservador de Ley y Justicia (PIS) cancelara por dos veces sus tentativas de suprimir casi por completo el derecho al aborto. En Francia, las denuncias en las redes sociales del problema del acoso en la calle obligaron a reaccionar al gobierno de Macron, que aprobó diversas medidas para combatirlo, entre ellas la imposición de multas progresivas a los acosadores, a partir de 90 euros y hasta los 3.000 en caso de reincidencia.

El creciente impacto mediático del debate sobre el género ha obligado a los diferentes actores políticos europeos a clarificar públicamente su posición. Como observaron Kantola y Rolandsen-Agustín (2016) , mientras que las instituciones europeas, donde la toma de decisiones se basa en la búsqueda del consenso, exhiben una cierta unidad de pensamiento, los partidos transnacionales presentan unas posiciones mucho más polarizadas, sobre todo en períodos electorales.

En este sentido, las elecciones de 2019 muestran que, en cuanto al género, la tradicional brecha entre la izquierda y la derecha se está moviendo.

Es cierto que los partidos de izquierda siguen siendo más proactivos en esta materia, atribuyendo un espacio importante en sus programas electorales a la igualdad de género y a la representación paritaria en los organismos europeos. Pero también los partidos de la derecha empiezan a incluir el tema de la igualdad en sus programas, aunque conserven aún una cierta resistencia al cambio dentro de sus organizaciones. Estas tensiones fueron especialmente evidentes a finales de enero de 2019, cuando los conservadores alemanes se opusieron a algunas de las medidas contra el acoso sexual propuestas en el Parlamento Europeo, entrando en conflicto con los eurodiputados franceses del mismo grupo popular favorables a apoyarlas. Finalmente, en febrero, el presidente del grupo, Manfred Weber (CDU), firmó el compromiso del movimiento MeToo en la Eurocámara para combatir el abuso y promover políticas de igualdad.

Mientras la derecha se muestra dividida en temas de género, los partidos populistas exponen una agenda claramente antifeminista. Según Akkermann (2015) , no es únicamente una cuestión de ideología, sino también de instrumentalización. Los populistas utilizan el género para justificar sus posiciones en contra de la inmigración y en favor de las políticas proteccionistas. Pero en su caso se aprecia un matiz importante. El discurso que acompaña esta instrumentalización del género presenta diferencias sustanciales en función del hecho religioso. Así, en los países con una fuerte influencia cristiana, como España, Italia o los países de Visegrado, se promueve el papel tradicional de la mujer como bastión de la cultura europea contra las influencias islamistas. Bajo el prisma tradicionalista, se ensalza la función reproductora biológica y social de la mujer, lo cual influye directamente en las propuestas políticas de los partidos populistas: políticas natalistas basadas en incentivos financieros y no en medidas de conciliación, un rechazo directo o indirecto del derecho al aborto, el cuestionamiento de la violencia de género y una fuerte crítica hacia las políticas de discriminación positiva.

Mientras la derecha se muestra dividida en temas de género, los partidos populistas exponen una agenda claramente antifeminista.

En sentido contrario, en aquellas sociedades donde la igualdad de género forma parte de los valores liberales, su defensa se ha acabado incorporando, en algunos casos interesadamente, en el argumentario radical. Así, desde las elecciones presidenciales francesas de 2017, Marine Le Pen y su formación, Rassemblement National, en una búsqueda constante del voto femenino, reencauzaron su discurso antiislam hacia la lucha frente al peligro liberticida para los derechos de las mujeres francesas. Todo vale en la construcción de enemigos.

Tanto si se trata de un elemento de movilización —en favor o en contra—, de consolidación de nuevas conciencias de solidaridad transnacional, o incluso de la instrumentalización de la mujer con fines divisivos, el género se ha convertido en un elemento clave de construcción de nuevas fronteras políticas y de polarización en Europa.